dolor cronico

Cómo afecta el dolor crónico y no gestionado en el día a día

Iris Fernández

La causa más frecuente de dolor es la detección por parte del cuerpo de una lesión en los tejidos o la presencia de una enfermedad, mientras que la intensidad del dolor habitual suele responder a la gravedad del trastorno físico que se padezca.

El dolor tiene la función de avisarnos para que reaccionemos con el fin de reparar el daño físico que pensamos que lo genera.

El dolor es una sensación que genera malestar y un indicio de un mal amenazante.

Así, la reacción natural en el hombre es el miedo al dolor, un miedo que es adaptativo porque nos impulsa a evitarlo y eliminarlo.

 

Qué es el dolor crónico?

El dolor crónico es un tipo de dolor que dura más de seis meses, llegando a padecerse durante años e incluso toda la vida y que, generalmente, no se alivia con medicación común para el dolor.

Puede tener diferentes causas:

Como una lesión o infección temporal o una enfermedad de largo plazo.

A pesar de que algunos dolores crónicos no muestran una causa aparente, los más frecuentes son los dolores osteoarticulares, derivados de artrosis, lumbalgias de tipo mecánico, traumatismos, seguido de dolor de cabeza y otros tipos como el dolor neuropático producido por la propia alteración del sistema nervioso y el dolor oncológico, derivado de procesos tumorales.

Ejemplos de personas con dolor crónico serían:

Personas que padecen fibromialgia, cáncer óseo, artritis, tendinitis y otros padecimientos inflamatorios.

 

Las consecuencias del dolor

Las consecuencias son muy variadas, ya que no solo genera disconfort y malestar sino una enorme preocupación en el paciente y en su entorno.

Pocas veces nos paramos a pensar en los efectos del dolor sobre la personalidad de la gente, pero lo cierto es que las reacciones emocionales asociadas al dolor son múltiples:

  • El dolor produce cansancio, fatiga y puede interferir con los patrones de sueño.
  • El dolor puede quitar el hambre.
  • El dolor produce apatía, que se refiere a la perdida de interés o ganas de hacer cosas y anhedonia, considerada como la pérdida de la capacidad de disfrutar de las cosas o sentir placer.
  • La lucha contra un dolor que no desaparece produce irritabilidad, cambios de humor, tristeza, abatimiento y sentimientos de inutilidad.
  • El dolor produce sentimientos de decepción y desesperación en la persona.
  • El dolor crónico puede llevar a un trastorno de ansiedad o trastorno depresivo.

Además del daño físico, el dolor lleva asociados una serie de procesos psicológicos tan desagradables y amenazantes como el propio dolor y que se unen indisolublemente a él como es el sufrimiento.

La persona que padece algún tipo de dolor crónico a menudo siente que no puede hacer las mismas cosas que antes hacía, la lucha por evitar el dolor crónico se convierte muchas veces en un esfuerzo inútil, generando así sentimientos de impotencia y un estado de irritación que influye en la propia persona y quienes les rodea.

Por lo que, las consecuencias del dolor limitan la vida diaria de la persona.  Es decir hay todo un dolor “emocional”, asociado al dolor “físico”.

Quien padece esta limitación, dispone del tiempo y la capacidad para realizar la actividad o la tarea, sin embargo el dolor se lo impide. Esto además, suele generar sentimientos de culpabilidad del tipo:

“debería haber hecho esto”, “tendría que…”.

Cualquier pequeña tarea puede parecer una montaña para alguien con un dolor intenso, aunque el dolor no esté asociado a la actividad en sí.

Cuando la desmotivación aparece, el dolor se apodera de las decisiones y muchas veces algunos planes de futuro se desvanecen, ya que ese futuro se asocia al dolor.

Algunos ejemplos de pensamientos intrusivos asociados a ese dolor están relacionados con la creencia de que el dolor domina la propia vida, nos impedirá cuidar de nuestros hijos, estar horas de pie trabajando, o tener la energía para disfrutar de ciertas actividades de ocio. Así pues los sueños y planes se reducen a través de la evitación de muchas actividades.

Como hemos comentado hasta el momento, el dolor crónico genera importantes reacciones emocionales que pueden potenciar el sufrimiento que lleva asociado, produciendo cambios a diferentes niveles y ejerciendo un impacto devastador en todos los aspectos vitales de la persona que lo sufre.

 

  • Fisiológicamente: afectando a las funciones.
  • Cognitivamente: generando círculos viciosos de continuos pensamientos negativos.
  • Conductualmente: afectando a la realización de cualquier actividad o tarea que provoque dolor, creando así cambios en la propia conducta.
  • Emocionalmente: afectando a la autoestima.
  • Socialmente:  provocando una disminución de las relaciones sociales.
  • Laboralmente: afectando a la capacidad de trabajar, produciendo un sentimiento de inutilidad y consecuencias económicas negativas.
  • Ámbito familiar: interfiriendo en las relaciones intrafamiliares y de pareja, ya que no se alcanza a cumplir las expectativas de nuestros seres queridos.

 

Un dolor crónico llega a hacer que las personas se planteen el “para qué” y el “por qué” de la vida.

Normalmente tenemos la experiencia de que el dolor es pasajero y controlable, pero cuando aparece un dolor resistente, la propia concepción del mundo cambia.

Surge entonces la necesidad de construir una nueva en la que tenga sentido la existencia de un dolor que no se puede evitar y en la que podamos dar cabida a:

 

  • Sensaciones corporales incontrolables.
  • Limitaciones en la capacidad corporal.
  • Pérdida de contacto social.
  • Problemas laborales que pueden incluir incertidumbre económica.

 

Partir de la aceptación

Partiendo de esas limitaciones, la labor psicoterapéutica se centra en trabajar todos estos aspectos del dolor para mejorarlo y hacerlo más soportable, desde la aceptación:

 

  • Aceptación es no hacer nada para evitar y dejar de hacer todo lo que no sirve, desmontar los círculos viciosos y potenciar el tratamiento adecuado.
  • Aceptar es abrirnos a experimentar los sucesos y las sensaciones completamente, plenamente y en el presente “mindfulness”, como son y no como tememos que sean.
  • Aceptar es tomar conciencia de las limitaciones que conlleva el dolor crónico.
  • Aceptación es abrir el camino al compromiso, a seguir haciendo aquello para lo que valemos de acuerdo a nuestras capacidades, aunque esto signifique que tenemos adecuar nuestras metas a nuestras capacidades limitadas por un dolor crónico.
  • Aceptar no es quedarse con el sufrimiento que se tiene, la aceptación disminuye el sufrimiento e incluso inicia el proceso psicofisiológico de la habituación, por el que el dolor se hace más tolerable al habituarnos a él. Habituándonos a las sensaciones disminuimos la ansiedad, el miedo y la depresión, teniendo menos sensaciones asociadas al dolor y continuando comprometidos con un nuevo papel social con valores propios.

 

A pesar de ello, aceptar el dolor y abrirnos a su experiencia es un proceso duro y puede precisar de una terapia psicológica.

Esto supone que la persona tiene que incorporar en su propio autoconcepto la nueva incapacidad de controlar el dolor y las limitaciones que tiene y pese a ello encontrar un sentido a su vida.

Como se ha hecho hincapié anteriormente, si la continuidad del dolor impide llevar a cabo cualquier actividad con normalidad, puede llegar a generar un sentimiento de inutilidad, incompetencia, falta de autoestima… llegando a producir ansiedad social.

Mediante el esfuerzo de luchar contra ello y con el objetivo de que las rutinas diarias no se vean muy alteradas, podemos llegar a intentar mantener niveles de actividad similares a los que existían cuando no se sentía dolor, por encima de las posibilidades actuales.

Otro aspecto a tener en cuenta es que los propios efectos del dolor lo retroalimentan, es decir se trata de un círculo vicioso.

Por ejemplo, el dolor genera enfado y hace el cuerpo esté rígido y tenso, por lo que esa misma tensión muscular puede agravar ciertos tipos de dolores (como musculares o de cabeza). Asimismo, un estado emocional puede alterar la frecuencia y la presión sanguínea y esto puede influir en algunos dolores físicos. Además cuanto más se intenta evitar algo, más pensamientos acerca de ello se generan y más presente se hace el problema.

Finalmente, al percibir que no es posible acabar para siempre con el dolor, la persona puede caer en un estado de ánimo deprimido que hace perder el sentido de la alegría.

Los dolores corporales son un síntoma común de la depresión, así como las personas que padecen depresión severa a su vez sienten dolores más intensos.

Tratar la depresión puede ayudar a la persona a sobrellevar su dolor crónico y mejorar su estado de salud en general.

La recuperación de la depresión lleva tiempo, pero los tratamientos son eficaces. Actualmente, los tratamientos psicológicos más comunes para tratar la depresión incluyen:

 

  • Terapia cognitivo-conductual (TCC): un tipo de psicoterapia que ayuda a las personas a cambiar los estilos de pensamiento y conductas negativas relacionadas con el dolor crónico que pueden contribuir a estados o trastornos depresivos.
  • Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) y norepinefrina (IRSN), un tipo de medicamento antidepresivo.

 

Se necesita un tratamiento y un enfoque multidisciplinar para abordar el dolor crónico que combine terapias físicas, psicológicas y farmacológicas.

 

Terapias físicas, psicológicas y farmacológicas para tratar el dolor

Dentro de la psicoterapia, las más recomendadas son las siguientes:

 

  • ACT- Terapia de aceptación y compromiso: se trata de que el paciente acepte el dolor y se comprometa a luchar por objetivos vitales, en vez de mantener una estrategia de evitación para afrontar el dolor. Aceptar la situación desde una apertura a la experiencia, tomando conciencia de las limitaciones, posibilitando un compromiso con la situación que pueda llevar a una mejora y una “habituación psicofisiológica” al dolor haciéndolo más tolerable. Trabajando con la ansiedad, el miedo y la depresión, desde la aceptación de la inevitabilidad del dolor.

 

  • TCC- Terapia Cognitivo Conductual: son las más empleadas en el tratamiento del dolor crónico ya que, junto a un tratamiento médico adecuado, permiten reducir el dolor y los estados de ánimo negativos, lo que se concreta en una disminución de sus efectos incapacitantes. Entre ellas se encuentran:
    • Biofeedback y relajación: entrenamiento en detección, control y cambio de las sensaciones corporales a través de la retroalimentación mediante registros eléctricos de tensión muscular o similares y entrenamiento en relajación y respiración para mejorarlos. Estas técnicas enseñan a alejar las tensiones dañinas para el propio cuerpo y permite no seguir automáticamente los impulsos que llevan a caer en círculos viciosos.

 

La relajación se basa en la hipótesis de que el dolor genera tensión y ansiedad, lo que puede causar un aumento de la intensidad con que se percibe. La aplicación de técnicas de relajación favorece una disminución de la actividad adrenérgica y un incremento de la parasimpática, reduciendo así la tensión y la ansiedad y, como consecuencia, la percepción del dolor.

Mediante el biofeedback, el organismo dispone de mecanismos que le permiten modular el dolor. Esta técnica tiene como objetivo normalizar los sistemas naturales de regulación fisiológica que están alterados.

    • Distracción cognitiva: entrenamiento para aprender a desviar la atención del dolor y centrarla en otros estímulos mediante técnicas específicas.
    • Técnicas cognitivas: reestructuración cognitiva y/o terapia racional emotiva para enfrentarse a los pensamientos negativos y a los sentimientos que surjan de forma racional y de manera más eficaz.
    • Técnicas operantes: potenciar actividades que permiten recuperar al límite actual las propias capacidades. Su objetivo es eliminar las conductas causadas por el dolor, restablecer la actividad diaria que no realiza a causa del dolor y promover la práctica del ejercicio físico.

 

También, existen otras formas de trabajar el dolor crónico a través de:

  • Mindfulness: guarda cierta similitud con la terapia de aceptación, ya que persigue que el paciente acepte el dolor y reduzca la evitación, además de adquirir un mayor control de los procesos de atención relacionados con la percepción del dolor presente.
  • Escritura emocional: se ha introducido recientemente en el tratamiento del dolor crónico y resulta de utilidad para facilitar la comunicación con las personas del entorno (familia y amigos).
  • Hipnosis: es otra herramienta que puede incidir directamente en los mecanismos psicológicos de percepción del dolor.
  • Técnicas de asertividad y entrenamiento en habilidades sociales: permiten enfrentarse a los cambios sociales de las nuevas limitaciones asociadas al dolor crónico.

 

Iris Fernández
Psicóloga sanitaria