Cambio de hábitos e impacto psicologico

Cambio de hábitos e impacto psicológico

Iris Fernández

Son muchos y variados los consejos o aspectos que se ponen en juego para acercarse al ideal de salud: ejercicio físico, deporte, eliminación del tabaco, chequeos médicos regulares, comer y beber con moderación, evitar el estrés, tomarse la existencia con optimismo, practicar la meditación, tener una vida social activa, etc., pero no cabe ninguna duda de que uno de los más importantes es el de seguir una dieta sana, es decir, alimentarnos de forma saludable.

 

En la actualidad se da un creciente interés por seguir una alimentación sana para mejorar los estados de salud, a todos los niveles, lo cual ha empezado a generar nuevas tendencias en los hábitos de vida.

 

Una de las grandes aspiraciones actuales de la sociedad es evitar el declive físico y psíquico.

 

Entre nuestros valores prioritarios se encuentran: mejorar la apariencia corporal y aumentar el bienestar no sólo físico sino también cognitivo; evitando la demencia, la depresión, la ansiedad y, en definitiva, disfrutar de salud como un conjunto durante el mayor tiempo posible.

 

Se trata de “vivir más años de vida y dar más vida a los años”.

 

Una forma efectiva de conseguir los objetivos anteriores es a través de unos hábitos alimentarios saludables. La sociedad está empezando a asumir el ideal de la “balanced and variet diet”, es decir, una tendencia a alimentarse mejor. Esto es lo que nos conduce a introducir pequeños cambios diarios y a instaurar hábitos que afectan a todo nuestro organismo.

 

Para ello, el cambio nutricional implica no solamente proporcionar la energía y los nutrientes que necesita el cuerpo sino que, además, implica conseguir un poder preventivo y curativo que nos afecta también a nivel cerebral.

 

En cuanto a los hábitos alimentarios, son patrones, rutinas o tendencias a elegir y consumir unos determinados alimentos y a excluir otros. Engloba un conjunto de habilidades, que desempeñan mecanismos de decisión, que organizan y orientan la conducta o comportamiento alimentario, es decir, qué comemos y el modo en cómo lo comemos.

 

La característica base de los hábitos alimentarios es su estabilidad y su resistencia al cambio. Se trata de costumbres que se han formado con años de anterioridad, motivo por el que es posible que a veces nos resulten difíciles de modificar. En ocasiones, aunque se produzcan cambios en las actitudes e intenciones, no por ello logramos cambiar hábitos instaurados en nuestras conductas cotidianas.

 

A pesar de su dificultad (en determinadas ocasiones), debemos tener en cuenta que los hábitos alimentarios no son inmutables ya que son también esquemas de comportamiento modificables, abiertos al cambio a través de todas las potencialidades que ofrece la vida cotidiana.

 

Para ello, el contexto social es determinante en la medida que se puede desencadenar una evolución notable en los hábitos alimentarios. Existen determinados contextos, que no solo llevan a un cambio de hábitos alimentarios sino también a determinados hábitos relacionados con la actividad física, el deporte, etc. En definitiva, todo un estilo de vida.

 

Los patrones de conducta alimentaria están basados, fundamentalmente, en el estilo de vida.

 

La configuración de un estilo depende de cómo somos, la forma de pensar que tenemos, de sentir, de actuar, de percibirnos a nosotros mismos, las condiciones de vida o nuestro entorno, entre otros.

 

Aunque uno de los aspectos determinantes hacia la creación de un nuevo estilo de la sociedad actual sigue siendo la concepción del cuerpo, lo novedoso es que el cuidado del cuerpo actualmente viene acompañado del cuidado psicológico, concepción que ha adquirido una gran importancia durante los últimos años, fruto de un ritmo de vida de burnout, estrés, falta de tiempo para dedicarle a las comidas, etc.

 

Por ello, el impacto que tiene el cambio de hábitos en nuestro organismo es el de reducir los achaques, evitar el riesgo de enfermedades crónicas y detener o retrasarlas para prolongar la vejez de manera saludable. Aspiramos a conseguir el máximo estado de bienestar posible a través de una dieta óptima, es decir, la vitalidad corporal y mental depende de lo que uno come.

 

De este modo, consumir alimentos apropiados mantiene el cuerpo en forma, mejora el estado de ánimo, refuerza la memoria e incrementa la capacidad intelectual. Así como nuevos hábitos alimentarios nos ayudarán a vivir el proceso de envejecimiento con optimismo y a mantener una actividad psíquica estimulante.

 

Además, realizar actividades placenteras enfocadas a una mejora de la salud, tiene como consecuencia la prevención de problemas psicológicos. Puede parecer demasiado simple, pero el poder de elegir y hacer aquello que nos hace sentir bien es enorme y resulta ampliamente utilizado en el tratamiento de distintos trastornos como la depresión, ansiedad, etc.

 

Entre las principales actividades diarias que mejoran la salud se encuentran:

  • Comer bien
  • Estar relajado
  • Reír
  • Respirar aire puro
  • Disfrutar de un entorno natural
  • Dormir profundamente
  • Sentirnos en paz
  • Tener momentos de tranquilidad
  • Realizar algún deporte que nos divierta

En definitiva, dedicarse tiempo a uno mismo.

 

En el ámbito psicológico, el hecho de cambiar de hábitos, nos lleva a una mejora integral de nuestras funciones cognitivas. Independientemente de la edad o la condición física, dedicar tiempo y regularidad a la salud de uno mismo, produce bienestar mental: “Comer bien y ejercitarse regularmente es bueno para el humor, la memoria o el aprendizaje.

 

Los buenos hábitos mejoran a nivel psicológico, en cuanto a:

  • Mayor sensación de placer, bienestar, felicidad: Aumenta la liberación de endorfinas, sustancias químicas que producen esa sensación.
  • Reducción del estrés: Una correcta alimentación acompañada de ejercicio físico incrementa la producción de norepirefrina (noradrenalina), sustancia que modera la respuesta del cerebro al estrés.
  • Aumento de la autoestima: Vernos mejor físicamente nos hace sentirnos bien. Independientemente del peso, la edad o el sexo, el hecho de prácticas buenos hábitos en relación al autocuidado elevan la percepción positiva del atractivo de uno mismo y la autoconfianza.
  • Alivio de la ansiedad: Una actividad moderada no sirve sólo para quemar grasa o ganar músculo, al igual que alimentarse bien no sirve sólo para perder peso sino que hay alimentos que hacen que nos sintamos más livianos, liberados de toxinas y más relajados.
  • Prevención del deterioro cognitivo: Ciertos hábitos saludables en cuanto a alimentación y actividad física tienen un efecto protector de enfermedades, disminuyen el riesgo de sufrir un infarto cerebral y mejoran la función cognitiva reduciendo el riesgo de padecer demencia y Alzheimer.
  • Mejora de la memoria y aumento de la capacidad cerebral: Practicar ejercicio regularmente mejora la memoria y la habilidad de aprender cosas nuevas, ya que se incrementa la producción de las células del hipocampo, responsables de la memoria y el aprendizaje
  • Aumento de la productividad: Una alimentación rica en vitaminas, así como la práctica de ejercicio regular, incrementa nuestra energía diaria y evita momentos de bajón o de falta de atención en el trabajo.
  • Autocontrol de estímulos aditivos: El cerebro libera dopamina (neurotransmisor que tiene el efecto de recompensa) en respuesta a un estímulo placentero como los alimentos u otros. Al mismo tiempo la práctica de ejercicio tiene el mismo efecto positivo/placentero, haciendo que otros estilos de vida insanos sean sustituidos por buenos hábitos.
  • Mejora de la conciliación del sueño: Ayuda al reinicio del reloj biológico.

 

En definitiva, hábitos de vida saludables nos ayudan a mejorar la calidad de vida, aumentan nuestra autoestima, mantienen nuestro cerebro activo y previenen enfermedades.

Después de leer esto, ¿aún vas a querer renunciar a estos beneficios?

¡Ponte en marcha!

 

Fuente: Psicología y mente

Iris Fernández

Psicóloga sanitaria